¿Tan rápido nos olvidamos de las personas?

Recorría las calles de Recoleta, acompañado únicamente por mi sombra. Me gusta caminar y más aun solo. Si le proporcionamos la idea de hacerlo en uno de mis lugares favoritos, es un orgasmo hacia mis sentimientos. 
No lo hago de manera cotidiana. Y eso le agrega cierto asombro a la historia. Visito Buenos Aires muy pocas veces al año, por lo general, en vacaciones o si ocurre algún evento que me llame la atención.
 Encerrado en el departamento de mi prima, solo, mi tío me comenta desde la cocina “¿Por qué no salís y te aireas un poco?” Todos conocemos esa frase “Airear un poco” lo curioso es su connotación en la historia puesto a que estaba en “Buenos Aires” ¿Que mejor lugar para airearse?
 Voy a la cocina, intercambio un par de palabras, me da efectivo, tomo las llaves y me voy. Cabe aclarar que las cosas más pequeñas son las que hacen un gran cambio. Demoré lo que tenía que demorar en salir y baje por las escaleras porque así lo predijo el destino. 
 Una vez abajo, siento un ligero peso en mi hombro izquierdo, ya sabía lo que significaba y que bueno que estaba resfriado porque sino, no me hubiera limpiado la cagada de paloma con un pañuelo.
 Me encaminé por el recorrido típico que hacía con mi prima, pero como dije al principio, esta vez solo. Fui por unas escaleras, crucé una calle y pasé por el cementerio. En frente, dos personas bailando tango, con esa música de bienvenida que siempre me traía un buen recuerdo. 
 De allí me dirigía  con total seguridad hacia el shopping, fui por las escaleras mecánicas hacia el piso de abajo, donde está esa librería y cafetería. Invadía todos los estantes y todas las secciones, incluso las que no me llamaban la atención. Busqué si tenían un libro que me acordé de su existencia mientras caminaba y luego de varios minutos me aburrí de su búsqueda. 
 Como se aproximaba la hora de la merienda, fui a la parte de cafetería. Me ofrecieron una promo y yo muy amablemente accedí.
Una vez que ya tenía mi pedido en la mano, agradecí y me fui a sentar. Todos los lugares ocupados. Pero un hombre, un solo hombre me silbó, me miro con una sonrisa e hizo el gesto de quien me siente con él. Era de mediana edad, no más de 35 años. Pelo negro y largo, aunque se estaba quedando pelado. Llevaba unos anteojos cuadrados que colgaban de una nariz de aguilucho. Era bien blanco y  de una estructura flaca. Pero nada de eso importaba sino sus manos. Dañadas y llenas de cicatrices, superficiales y solo una profunda entre el dedo índice y medio.
 Se me presentó, se llamaba Alejandro pero sus amigos le apodaron “Artesano”. Me contó cómo había llegado hasta capital, desde Río Negro y con muy poca plata en el bolsillo. De pueblo en pueblo, escuchando historias de cada uno,  junto con sus tradiciones y días especiales, compartiendo espacio con los representantes -y no hablo de políticos- sino de sus escritores, músicos, otros artesanos, cada uno con sus distintas técnicas y manera de llamar la atención. También me habló de un circo en el cual se había quedado un tiempo para juntar algo de dinero, en el cual también habló con cada integrante y el cómo la vida los desembocó a trabajar allí. 
 Luego de un largo rato me pregunta “¿Tan rápido se olvida la gente de las personas?” No sabía cómo responderle y por qué me hizo esa pregunta, con una cara tan amable que parecía que había escuchado mal “¿Cómo?” Le digo. Estaba estupefacto. No entendía que estaba pasando, si era un juego de palabras o alguna adivinanza. “Te pregunto si tan rápido se olvida la gente de las personas” me dice pacientemente. Yo seguía sin comprender pero quería jugar a su juego “Depende, ¿A qué  llamas poco tiempo? ¿Días?, ¿Semanas?, ¿Meses?” En cada pregunta me negaba. Había otra forma de medición pero no me atrevía a decírsela, la pensé un poco, y la adrenalina corrió por mis venas “¿Años?”, asintió con la cabeza. Claro, una persona que tiene todo el tiempo del mundo, los años le parecerán  muy poco tiempo. Y fue más o menos lo que le dije. La gente anda muy apurada, se pierde de los detalles, se queja, nada les gusta, y sobretodo, se olvida de la gente. Él en una acción muy atrevida me niega la cabeza “Lo qué pasa es que tienen la cabeza dormida. Las Grutas, 2014, ¿Te suena? Y cómo no me va a sonar. Todo encajaba. 
 En las vacaciones del año 2014, fines de enero y principios de febrero, una amiga de Paraná me invitó para que pase las vacaciones junto con ella y su familia. Un día, fuimos a una feria en la cual un señor de no más de 21 años, vendía anillos, pulseras, cadenas, entre otras cosas. Y yo, muy metido en el tema de la fantasía, le pedí que me haga un anillo con una piedra azul. Los geólogos o jugadores de Minecraft, sabrán que esa piedra, se llama Lapislázuli, nombre que me da cierta risa.
Quien diría que 5 años después, me lo encontraría en Recoleta, hablándome de cómo llegó hasta allí.

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