Ella, un sueño.
En
la taberna de Coren concurrían las mejores actividades de nuestro pequeño
pueblo: Guara. Desde concursos de quien toma más cerveza hasta una entretenida
partida de Taps. Estas actividades siempre iban acompañadas de hermosas
melodías, y esas hermosas melodías acompañaban el delicado sonido de una voz
tan frágil como las hojas en otoño, estruendosa como el ruido de las mismas
hojas romperse y, en algunas ocasiones, tu corazón quedaba así de roto, hecho
pedacitos de lo que alguna vez fue algo uniforme y fuerte. Sentías incluso que
dentro tuyo una flor extravagante se iba marchitando. No obstante, la mayoría
de las veces sentías la primavera en tu cuerpo nevado.
La
hermosa Dama Sin Nombre apareció en los mejores inviernos que tuvimos, una
nevisca fina que permitía a los niños jugar todo el día con la nieve y un sol matutino
que te hacía recobrar luego de una noche eterna.
Todo
el pueblo se sorprendió de esta dama, hermosa como ninguna otra, con unos rizos
finos aromados de simpatía y deslumbraban de manera elocuente. Ni hablar cuando
estaba cerca de la chimenea. Sus ojos eran dos grandes perlas de avellana, que
penetraban como una flecha en el corazón de un desolado como yo y, seguramente,
como usted. Su postura te hacía recordar al fuego. Pero estas particularidades
no se parecían como a lo que nos llamó la atención.
Aquel
día cuando apareció, pidió la ubicación de la taberna. No preguntó si había
una, ni cual era la más concurrida, ella sabía que había una sola.
Una
vez concurrida la noche, la muchacha preguntó si había artistas en el pueblo, a
lo que Coren le respondió que todas las noches los hijos de la señora Haze iban
y tocaban algunas canciones para ambientar el lugar, a lo que ella cuestionó si
podía cantar. Coren quedó encantado, pero antes de que pueda hacer una
pregunta, solo quedó el deseo de verla. Siempre hacía eso. Lo único que
sabíamos de ella es que le decían Brie y que antes vivía en una de las grandes
capitales.
Esa
noche todos nos sorprendimos de que alguien cante, nadie lo hacía, pero a
medida que pasaba la noche, y que las jarras viajaban por todo el salón, paulatinamente
la gente se iba poniendo más roja y el olor a fiesta inundó la taberna. No
recuerdo cuando pasó, pero Teps desafinaba al lado de ella, los viejos bailaban
y los demás seguíamos tomando, riendo y recordando ese día como único. Y lo
fue. Corren se llevó una gran cantidad de dinero, Teps recibió un amistoso beso
y abrazo de la chica y todos hicimos un revuelto riéndonos del asunto.
Las
noches siguieron así, el pueblo estaba vivo, feliz. Las mañanas eran más
alegres y se respiraba un buen clima. Pero ese día fue enmarcado y el más vivo
de todos.
Groeng, el que tiene un gran campo, junto con el
herrero, tuvieron la idea de hacer una fiesta e invitar a pueblos y ciudades
vecinas para celebrarlo. Le preguntamos a la joven si podía cantar toda la
noche. Accedió, pero solo si podía cantar una canción diferente al final “Una triste
y profunda, pues así llegué a este pueblo”. Al escucharse, se sintió un tanto
ruborizada puesto a que sonó melancólico “¡Pero durante los días que he vivido
aquí me he sentido protegida y más alegre que a lo largo de mi vida!” alentó.
Semanas
después la Gran fiesta comenzaba, concurrieron cinco pueblos vecinos completos
y gente de la Capital. Ninguno imaginó tantas personas, pero eso no se compara
a lo que sucedió cuando las estrellas y la luna resplandecieron en el infinito
cielo.
El
pequeño pueblo era una llama flameante, luces de colores, velas y faroles
cubrían las casas adornando una vista sorda. En un escenario plantado en una
plaza con luces anaranjadas, recordando un entrañable otoño, posaba en el
frente de todos la espectacular Brie. Con su elegante forma de moverse, danzaba
entre los músicos y les disminuía los nervios, dejaban de estar tensos, parecía
un ángel.
Si
la primera noche fue vívida, ésta lo fue cien veces más. El gran encuentro
formó lazos con pueblos vecinos e incluso matrimonios que, hasta el día de hoy,
siguen permaneciendo igual de felices que aquel día. El alcohol duró tan poco
que se tuvieron que ir carros hasta los pueblos vecinos al galope de un caballo
y por poco no se acabaron las reservas en esos mismos pueblos.
A
altas horas de la noche interminable, Brie cantó la canción acordada. Mis
palabras no pueden expresar lo que yo sentí cuando la escuché. Árboles, aves,
cachorros, quebraron en mi pecho. Un sordo sonido volcó en mis oídos la perfecta
composición de su voz con la naturaleza de la plenitud. Abracé ese vacío que
quedaba a medida que su voz concurría el culto de la pureza. Sentí como me
miraba, como sus ojos y los míos se conectaban y transformaban una atmósfera
onírica. Sonreía con tanta certeza que me sentía aún más débil y vacío y como
mis brazos se enredaban en ello. Pero su sonrisa seguía allí. Y no sólo eso,
sino que sus labios carnosos y carmesí envolvían la majestuosidad de lo
perfecto.
Mi
cuerpo permaneció allí, pero mi mente volaba a inviernos anteriores donde nada
era perfecto y mi escrupulosa sensación de irme del pueblo de una vez y para
siempre. Lo que terminaría en no conocer a Brie, ni escuchar sus canticos
audaces y deslumbrantes. La inquietud aumentó ese vacío, quedándome con la
débil sensación de desmayarme en un espacio infinito y recóndito. Uno cuando
escucha, lee, mira a alguien bailar o actuar y tiene estas sensaciones, no es
por mero capricho de una actitud, sino que esa persona es el alma que acciona,
la que puede tocar tu corazón y desmoronarte o transformarlo en una coraza inquebrantable
pero mañosa del deseo de estar con este tipo de ángeles. Porque por supuesto
que personas terrenales no son. No. Tampoco son ángeles. Son la personificación
de una batalla, son el sueño del humano ordinario quiere, personas no reales
que viven dentro nuestro y las recreamos en una realidad. Esas personas son sueños
de desalmados como yo. No son producto del esfuerzo ni talento, del cual también
emergen. Son el producto del deseo divino y del onírico pensamiento de una
pequeña energía en esta vida que se llama “destino”. Vida la cual ellos
inmortalizan, pues vivirán para quedarse
Brie
me cautivó como un cazador atrapa a su presa. Sin embargo, ella me dejó vivo y
no tenía pensado comerme sino devorarme. Dejarme vivo para el final, finiquitar
mi inmenso dolor y enseñarme a vivir. Escuchar todas las palabras vacías y
nombres rellenos de descontento que provenían de mí para transfigurarlo en que
“las palabras no son más que la representación del fuego y un nombre es el
fuego en sí.”
Su
fuego no quemaba, no causaba destrucción a su merced. Tampoco era grotesco ni
esclavizado. Su fuego era perfumado, sanador y libre como ningún otro. Con su llama
hacía llora a las mentes más duras y energizar a toda una comunidad, ella era
la magia en sí, magia que pocas personas se atreven a interactuar. En mi caso, no
tenía nada que perder y ella lo sabia a la perfección. Quizá por eso hizo lo
que hizo, o simplemente porque le pareció correcto sin más.
Con
ella mi mente estaba tranquila. Ahora es solo una mente más.
“Y en ti estará, amor interminable,
¿Cuándo volverá tu sonrisa mirar mis ojos agrietados?”
Al
finalizar, el silencio que emanó fue quebrado por mis aplausos. Los cuales
despertaron a una multitud que también aplaudió y pareció que el lugar
nuevamente volvió a brillar con una luz nueva, más tranquila pero que iba a
subir de nivel a medida que se gozaba. Los instrumentalistas siguieron con lo
suyo y esta vez fue un hombre recto y esbelto el que comenzó a cantar.
Recurrí
a no pensar y actuar por instinto. Encontrarla fue extrañamente fácil, pero
interactuar me llevó lo que uno espera para conseguir lo que ansía: poco tiempo
interminable.
Se
pueden imaginar lo que pasó. De cierta manera conectamos, me enseñó y le
enseñé. Estuvimos juntos largo tiempo para lo que uno ansía, es decir: demasiado
tiempo achicado.
Con
ella, las cicatrices de la felicidad absorbieron mi cuerpo. Su tiempo y el mío
eran demasiado largos, así que se fue, pues una oferta en la Capital le surgió.
Tiempo
después, nos enteramos que había muerto. Su voz se dejó de escuchar en los
rincones del mundo y nadie podrá escucharla nuevamente, sí en nuestros
pensamientos, nuestros recuerdos, nuestros sueños o por lo menos los que la escuchamos.
Pero no otras personas, no los hijos de Groeng o Coren. No. Su voz se
inmortalizó en nosotros y su vida se inmortalizó en sus canciones.
Quiero
creer que no murió, sino que se transformó en un todo, un todo majestuoso el
cual le dará color a lo que vemos hoy, color a ideas, creaciones, color a la
vida. Ella era un sueño para mí y en un sueño se convirtió desde que se fue. No
me arrepiento de haber esperado a por fin hablarle, pues así lo decidió ella,
mi sueño.
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