Persona sin nombre.
Persona sin nombre.
No había profundidad en sus palabras.
Su aliento. Era seco y contenía una desdicha que me dejaba
mareado. Sus palabras eran artificiales, no contenían alegría, no tenían el
fuego que otras personas me daban. Sus ojos detonaban un mar de despojos que no
podía contener, no quería o no se animaba. Le faltaba alma, espíritu dulce de
la noche.
Sus
palabras. Daban escalofríos; cortantes, humillantes, corrosivos. No hablaba,
pues lo que verdaderamente hacía era estar en oscuridad sorda, y a la vez,
brillaba como estrella fugaz en medio de un campo azabache.
Sus perlas.
En vano, le debía llenar ese vacío con un orgánico hueco de humanidad que tanto
le faltaba, pero no un ingenuo como yo. Imposible un ingenuo como yo.
Su sabiduría. No era plena, la mía tampoco, la de nadie.
Pero ahí estaba, resplandeciente, fugaz, irresistible al ojo humano. Yo no era más
que escombro del escombro que quedaba. Una miga en tanta mansión.
Sus labios.
único símbolo de mi perdición. No eran los más rojos, carnosos y mucho menos brillosos,
pero estaban vivos. Hacían que se me caiga el mundo, es decir, mi mente. Ancla
de la vida. Esos labios contenían la fuerza de un huracán, pero solo usaba el
ojo. La nada. Aun así. me destrozaba.
Sus lunares.
Detalladamente ubicados no eran más que innecesarias pero hermosas metáforas
del masivo universo que me daba y a la vez no. Extraño su manera de actuar. Distante
y sucesivamente cerca.
Su pelo.
Jugaba con él como jugaba con mi corazón ya destrozado. Pues, una valentía que
nacía en mí, pasó fugazmente desapercibida y ya había conocido a alguien. Triste
y apenado, fumé en mi cama y me dormí.
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