Bajo el efecto de la amargura
Me di cuenta que odio a las personas. No es por una falta de empatía propia de un marginado por la sociedad, todo lo contrario.
Odio a las personas porque me mienten en la cara, escupen esa mentira y yo los miro feliz, tengo un letrero que dice “es imbecil, hagan lo que quieran”.
Me han roto el corazón de mil maneras distintas. Amores no destinados a serlos, amores que me envenenan sabiendo que lo hacen, es decir, me estoy suicidando por culpa de alguien. Con la típica frase “te extraño”, no, no me extrañas. Extrañas una parte de mi la cual te beneficiaba y, al distanciarnos, te olvidaste de mi persona cuando yo no lo hice con la tuya. Te dicen que te extrañan cuando nunca te escriben, te extrañan cuando se acuerdan de tu existencia, que es cuando te comprometes a la acción de hablar con la persona.
Odio a las personas porque no creen en el “si necesitas mi ayuda, avísame”. Y cuando estás para ellos...
Al necesitar ayuda vos, vas a estar solo. No va a haber nadie a no ser que te dispongas a buscarla, te tacharan de interesado, sí. Pero es lo que nos conviene.
Hermanos, cuando se deprimen están solos, la tristeza es la búsqueda de la soledad, de uno mismo. Es el punto de partida para encontrarse a uno mismo. No hagan como yo y odien. Actúen, yo estoy a tiempo, tu estás a tiempo. Amen y sean amados, busquen de manera perfecta para ustedes ese amor recíproco.
Comentarios
Publicar un comentario