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Mostrando las entradas de enero, 2021

Traigan sartenes.

  Conocí un pensador con el que tuve la posibilidad de conversar. Los temas eran simples, pero él le otorgaba cierta belleza la cual establecía un vínculo con la asíntota de lo perfecto. “No quiero estar con alguien sin más” le dije, en busca de una de sus respuestas sabias. “Debes encontrar a alguien que te haga doblar el tiempo y cabalgar en el espacio” comenzó. Alguien que te haga encontrar una paz infinita y a su vez las ganas de despertarte por y para esa persona. Que te motive a existir, respirar este aire nauseabundo con partículas nocivas. Alguien que esté dispuesto a darte lo que das y que te haga abundante, así das en abundancia. Que puedas llorar en paz y saber que tendrás un lugar en el mundo el cual no te de la espalda. Una libertad para soltar tus sentimientos los cuales ocultas por temor y que no los profundizas porque no piensas en ellos. Alguien que te mire y no te olvide. Que veas, y que te vea, realmente. ¿Para que luchar por un amor ciego? Lo cierto es...

Concurriendo roscas oníricas

  Se volvió un ermitaño. No comía, no dormía, Solo bebía.   Se volvió un testarudo. No hablaba, no reaccionaba, Solo fumaba.   Se volvió impaciente No llamaba, no reía. Sólo agonizaba.   Estaba sordo. No de oídos, sino del alma Estaba envenenado. Con la razón y escepticismo.   Envejecía siendo joven, Pero sólo sabía lo que un bebé come. Su corazón, dormido, no lo dejaba mostrarse.   Su odio, en auge, lo adormecía en la penumbra. No reconocía lo que creía Tampoco profundizaba su bellez .   Una voz lo despertaba, a gritos lo nombraba. Sin flameante aspecto, el lloraba. Escuchó la dulzura y desapareció la sordera. Sus ojos lechosos, se atrevieron a hablar. Su nombre oía, todo resplandecía, Despierto se encontraba, caído en su cama. La paz fue interrumpida, por lamentable bandida.   Ladrona de sueños, mañosa de la paz. ¿Dónde fuiste cuando te fuiste sin irte?   ¿A qué lugar?

Persona sin nombre.

Persona sin nombre. No había profundidad en sus palabras. Su aliento. Era seco y contenía una desdicha que me dejaba mareado. Sus palabras eran artificiales, no contenían alegría, no tenían el fuego que otras personas me daban. Sus ojos detonaban un mar de despojos que no podía contener, no quería o no se animaba. Le faltaba alma, espíritu dulce de la noche.          Sus palabras. Daban escalofríos; cortantes, humillantes, corrosivos. No hablaba, pues lo que verdaderamente hacía era estar en oscuridad sorda, y a la vez, brillaba como estrella fugaz en medio de un campo azabache.          Sus perlas. En vano, le debía llenar ese vacío con un orgánico hueco de humanidad que tanto le faltaba, pero no un ingenuo como yo. Imposible un ingenuo como yo. Su sabiduría. No era plena, la mía tampoco, la de nadie. Pero ahí estaba, resplandeciente, fugaz, irresistible al ojo humano. Yo no era más que escombro d...